Anécdota 1

          Cuando regrese de Buenos Aires, luego de haber pasado algo más de cuatro años allá, intentando entre otras cosas realizar el camino del cine, volví a Córdoba con mi título de guionista bajo el brazo, y con algunas cuantas ideas locas por hacer. Lo primero que empecé a realizar fue la culminación de algunos cuentos que había comenzado a escribir antes de mi partida a Buenos Aires. Una vez que estuvieron terminados proseguí la tarea de escritura hasta completar unos diez cuentos que me había puesto como meta cumplir.

        Otra idea que debía concretar y por lo cual había decidido retornar, era hacer un proyecto de miniserie que hasta el día de la fecha sigue esperando poder ser efectuado. Mientras intentaba infructuosamente encontrar las formas y los medios para hacerlo, envié a un amigo uno de mis cuentos, simplemente para que lo leyera. La contestación vía mail, fue: “Deberías filmar eso, deberías hacerlo“. Además, mi amigo, como es un buen amigo, quiso convencerme porque esta historia era más factible hacer, tanto desde lo económico, como desde lo propio de la producción.

        Dos años después de aquel mail, Más allá de la Memoria, un mediometraje cordobés será estrenado en Córdoba, seguramente después se embarcara en viajes por el mundo con los anhelos de los sueños que, a pesar de lo desgastante de la experiencia, creo aún, soy capaz de contar.

 

Anécdota 2

 

         Había sido un fin de semana terrible, pero el domingo debía estar lista a las cinco para realizar el viaje a Mar Chiquita. Me pasaba a buscar la combi de la Agencia y me gano el cansancio. Me quede dormida, el despertador nunca sonó, y el incontento chofer de la Agencia ni se digno a tocar el timbre. Parecía que este iba ser el último día de rodaje, me sentía sola en el proyecto y bastante incomprendida.

         Finalmente luego de buscar a los chicos en el centro volvió por mí y buscamos el camino a Miramar, la bahía del Indio. Los chicos llegaron a mi casa con la mejor onda, y saludaban a mi madre despidiéndola batiendo las manos como niños de jardín. Intentaban poner gracia al día.

        Mientras Lucas y yo refrescábamos nuestra memoria del orden de tomas a seguir, el resto del grupo se dedico a dormir y a cantar. Eso fue aligerando un poco el ambiente. Entonces al llegar a Mar Chiquita, decidí relajarme e intentar empezar a disfrutar del viaje. En vez de ir a la locación, fuimos a comer, hicimos sobremesa tranquilos, yo decidí no apurar más el paso, que las cosas se hicieran solas ese día si realmente querían ser hechas. Fueron los chicos quienes propiciaron la caminata a la combi, que al final decidió quedarse después del almuerzo. En la locación volví a ponerle garra al asunto y empezó el día de rodaje. Las tomas previstas en ocho horas debían hacerse ahora en cuatro. Empezó entonces nuestra carrera contra el tiempo y filmamos, filmamos, y filmamos. El reloj de arena gigante debía tener cuatro pilares, era mi empeño, los muchachos no estaban de acuerdo, (había barro por todas partes)  entonces decidí darle a la pala, hasta dar cuenta que el capricho tiene un límite.

       Luego venia  la toma: quemábamos el reloj.  Era la toma  que estábamos esperando, era la catarsis del rodaje y del día.  Era el juego de los niños cinéfilos mirando destruir el tiempo y vencer la realidad, era el kerosén que prendió fuego rápido, demasiado rápido, uno de los chicos grito y el actor que dio cuenta de ello con suerte, hizo que no perdiéramos la oportunidad.

       Filmamos el reloj quemándose hasta que se extinguió completamente al tiempo que llego la noche. De lejos Lucas y yo mirábamos el espectáculo, los chicos en silencio observaban el reloj extinto frente a la laguna mientras el sol caía en la puesta. Lucas me dio un cigarrillo. Las tomas habían sido todas filmadas, sin dejar pasar una.

       Los mire, nos mire, y dije: ¨ Suertudos ¨.