Uno de los temas más recurrentes en mi historia es seguramente la búsqueda de la identidad, búsqueda que de alguna forma tiene algo de juego. Juego quizás macabro, maléfico, pero que hace descubrir todas las realidades posibles e inimaginadas.
Otra clase de juego, al que me gusta recurrir en la trama de mis historias es el juego de las apariencias, quién es quién, qué papel esta un ser humano actuando en la vida de los otros, cuál es la trama del destino que nos afecta. Las realidades humanas están todas unidades por su condición humana y quizás por un algo más, algo más mágico que el inconsciente colectivo y sus formas.

          ¿Quiénes somos verdaderamente? ¿Qué hace que un ser humano sea lo que es?. Sus decisiones quizás, o el destino, o una inexplicable mezcla de ambas cosas. 

           Entre las distintas decisiones siempre hay una que sucumbe más en mis personajes, y es la posibilidad de creer o de no creer. A veces las realidades son tan complejas, tan distintas que nos cuesta creer en lo que le pasa al otro, vivimos interiormente de forma tan diferente que cada ser humano puede ser por sí solo un universo distinto y paralelo. Islas solas en un mar donde todos somos el mismo ser, dividido en millones de partes y de formas. A veces imagino a la raza humana como un ente gigante y esquizofrénico, buscando una cura ante su misma diferencia, un ser que se busca sin poder encontrarse.

        Vivir para creer en algo, creer en algo para sobrevivir. Ser capaces de las decisiones más terribles, y de los hechos más locos, niños jugando un juego terrible, y macabro, la vida es algo más que un sentir la existencia, el ser. La vida es un camino, un recorrido vertiginoso de experiencias que hacen conocer lo mejor y lo peor de nosotros mismos, que cumple con la tarea maquiavélica de enfrentarnos al espejo y decir este soy y de esto soy capaz, construcción de identidades para no ver al otro, sino a uno mismo, pero en el reconocimiento de lo que se es y de lo que no, también se adivina al de al lado, al vecino, al amigo y al enemigo.

         Lucha de identidades, celos, envidias, miserias que construyen la humanidad más terrible, pero también amores, entregas, sueños que dan a luz a la humanidad más sagrada. El cine en mi vida forma parte de todo eso.

           El cine es el gran espejo.